Nacido del gran impulso borbónico tras el incendio del antiguo Alcázar (1734), el Palacio Real de Madrid inició sus obras en 1738 bajo el proyecto de Filippo Juvarra y el desarrollo de Giambattista Sacchetti, consolidándose como símbolo de la monarquía y residencia desde la entrada de Carlos III en 1764. En ese paisaje de poder —con la gran fachada occidental volcada hacia los jardines del Campo del Moro— perviven también los instrumentos silenciosos de la construcción: un trinquibal (inventario 10008768) y un carromato de obra, ambos en madera de roble con elementos de hierro, empleados en la edificación del propio Palacio. Su conservación presentaba un reto claro: en el trinquibal, la exposición prolongada a la humedad en Campo del Moro provocó roturas en radios y eje, ataque de xilófagos generalizado y putrefacción cúbica, además de corrosión y herrumbre en los hierros; en el carromato, suciedad generalizada, óxido en hierros y ataque puntual de xilófagos. La intervención se articuló desde la limpieza mecánica por aspiración y arrastre, el saneamiento de soporte y la consolidación estructural por inyección e impregnación con consolidante específico para madera, hasta la reintegración de pérdidas: rehacer elementos irrecuperables en madera de pino (rueda completa, radios, peinazos y eje central) y reintegraciones puntuales (axón / madera) con igualado cromático mediante anilinas naturales; los metales se trataron con eliminación mecánica del óxido, aplicando además tratamiento preventivo antixilófagos y un acabado final a base de mezcla de aceites naturales y resinas modificadas de alta resistencia.